HOMENAJES

Samuel Feijoo

 

«Vino: con sus grandes alas húmedas, y todo el campo comenzó a llamarme: «ven, ven, nosotros te curaremos»...»

 

«Al alba, junto a un zapotero de tenue brumilla, escribo. Porque ahora es tiempo de escribir y no hay paseo puro, desasimiento de verba. Ahora quiero gozar de la letra y no andarme de otro modo por el recuerdo, mirando la magia de una tierra en luz rosa que vuela al telar de sus rocíos»

 

«Amo la palabra, la gema libre de la verba, como flor mágicamente cosechada y después rescatada por la mano»

 

«Jamás seré comprendido entero por nadie que ame mi obra; mi obra es sangre y habilidad, misterio y persecución de vida y de luz errante; pero soy tan superior a ella que me afligen los fuegos que silban en mis voces y en las formas que a veces me espejean. La obra es mi quemante juguete, quizás mi catarsis honda, mi divagar impreciso, mi faena tal vez heroica, mi ilusión mal dada de mí, quizás. Por ahí no debe entrarme la gloria. Es una fina sombra; no quiero que mi vida se ate a ella sino que la mire como a otro dedo de su raíz madre»

 

 

Dibujo de Samuel Feijoo

«CON EL ALBA HASTA EL CUELLO» (PASEO MATINAL CON SAMUEL FEIJOO)

Por: Mariana Enriqueta Pérez Pérez

Inútil es la tarea de apresar en ligeros apuntes lo que estudiosos como Cintio Vitier, Fina García Marruz, Virgilio López Lemus, y nuestros coterráneos-contemporáneos René Batista Moreno y Silvia Padrón Jomet, han escrito en disímiles textos. Por tanto, no voy a citar lo ya dicho, lo ya descubierto por esos investigadores. Solamente quiero «pasear» (en sueños) con el poeta que cabalgaba por los campos «con el alba hasta el cuello». Claro, todos sabemos que se extasiaba de igual manera ante el mediodía, el crepúsculo y la noche –o no igual, las sensaciones dejadas sobre el papel son diferentes– pero tal vez porque yo también he mirado «con el alma en danzas» la neblina, prefiero caminar al amanecer con el poeta del alba y disfrutarla junto a él.

Ante una encrucijada de infinitos caminos, corro tras Samuel por su Diario de viajes montañeses y llaneros durante los amaneceres de 1939-1946. Es un camino extenso y colmado de accidentes. Voy a saltos. Me detengo en «Luz y zunzún», y Samuel me cuenta:

–No podía vencerme la tristeza. Toda la noche quedé oyéndole la tensa queja. Esperaba. Sufría las guerras, mi miseria, el desamor, tan cruel en mis jóvenes años. [...] Vino: con sus grandes alas húmedas, y todo el campo comenzó a llamarme: «ven, ven, nosotros te curaremos»... [...] Alguna garza atravesaba el cielo matinal. La lechosa luz subía con su música [...] Habituado, quedé entre los árboles, con un muro de colores entre mi tristeza y yo, entre los guerreros y yo, entre la noche y yo, al pie del zunzún libando libre. (Nada. Nadas. Pero en ello está mi sustentación, gloriosas pequeñeces).

Luego nos vamos por «el camino de los marabusales, todo erizado de púas» y encontramos a las reses sedientas junto a un pozo agotado; Samuel, que se ha percatado de cómo «con tristeza humana, las reses miran», se queda allí «maravillado», «una hora, entre astas y miradas», llena tres veces la gran paila y poco a poco el ganado se retira; el poeta, satisfecho, se lava las manos, pero... «De pronto veo [ve] con asombro la juvenil y graciosa cabeza de un ternero retratada en el fondo, que mira muy gentil, muy suave, aguardando su turno para beber». El incidente me recuerda cuánta ternura despiertan los animales en su corazón; una abeja, un zunzún, este ternero, las vacas. Entonces me canta una décima (como esto es un sueño, no importa que la misma haya sido escrita en otro tiempo y en otro libro):

LAS VACAS

Las vacas de la llanura
en cuanto me ven llegar
se me vienen a arrimar
porque me saben ternura.
Les doy sal y raspadura,
panal de oro de miel;
ellas me rozan la piel,
me miran tranquilamente;
y piensan como la gente
«es como un niño Samuel».

Feijoo se apresura, pero va mostrándome las plantas del monte, y escuchamos «la gran canción de hojuelas batidas por las rachas del aire». Nos sentamos brevemente a descansar y me cuenta de los niños que encontró en el Damují: –«Leve, a mi paso, se atensa el alba. Manchones brillantes que el rocío dejaba en el camino, al abrigo de la sombra de los declives, mojan mi pie distraído. Iba a otra fiesta. [...] En el amanecer, llegué a los bajos azulosos. Allí estaban los niños, ya con sol en las carnes desnudas llenas de gotas rápidas». –Luego susurra: «¡Pueblo de ríos, de niños al amanecer en los ríos! (Historia interior, levísimo cuadro de mi vida». –Quedamos en silencio. Se pone en pie y se va caminando, como si nada, casi me ha olvidado. Tengo que correr para alcanzarlo. En su murmullo perenne escucho frases entrecortadas: –«La transparencia de las dos albas en los palmares hacía vibrar el campo de un blanco jamás usado». –Pero Samuel se me pierde entre las yerbas, sigo su rastro de Caracol vagabundo y descubro que «estas andanzas líricas entre matojales fueron escritas entre los años 1940-1944 con el totí en la jaba de lata». Escucho una «música vencedora» y, con ella, el soliloquio del poeta: –«Al alba, junto a un zapotero de tenue brumilla, escribo. Porque ahora es tiempo de escribir y no hay paseo puro, desasimiento de verba. Ahora quiero gozar de la letra y no andarme de otro modo por el recuerdo, mirando la magia de una tierra en luz rosa que vuela al telar de sus rocíos [...] Los paisajes resbalan desde el aire [...] Desde la blanca luz del cielo bajan leyendas puras».

En este sueño, paseando con Feijoo por los campos, hay un «oloroso resplandor», es que el poeta está viviendo sus «Aventuras con los aguinaldos» (1942) y anda acordándose del poeta guajiro Francisco Pobeda «que escribiera, en mi tierra, la primera metáfora para cifrar el aguinaldo». Porque Samuel es capaz de caminar «sobre el perfume» y, a la vez, sentir sobre sí la mirada de un toro «con mansos ojos, ornado de claro héroe». Y andaba, «andaba por los castillos de la brizna», mientras gritaba: –«¡Oh, aguinaldos, bailarines de la leche! Campanas de pálidas agujas de olor. Niñitos al alba sobre las verdes tetas del paraíso de la memoria. Cueva auroral donde morir devorado por una estrella».

Por momentos, me canso de corretear detrás de ese andarín y aventurero poeta; le pido una tregua y, mientras refrescamos los pies en un arroyo, le pregunto por la poesía, por la literatura, y él –entre muchas ideas que no puedo apresar– me cuenta: –«Amo la palabra, la gema libre de la verba, como flor mágicamente cosechada y después rescatada por la mano. [...] Siento que se abren así poemas serenos, donde una limpia hora se asoma con voces pálidas, con su ganada pureza tonal, trabajada su pureza, para que no se pierdan de mi hombre vivo los muros de la nieve y la paciencia. Pero no quiero que mi noble deseo, dominando las artes del habla, se pierda una vez en el inmolante perifollo, técnico, de la verbina brutal o exquisita. No. No. Solamente pertenezco a centros arrebatadores. [...] Pero no tomes estas experiencias sino como virtud de Poesía [...] Es la Poesía poderosa». –Cuando indago por su obra, me sorprende la respuesta: –«Jamás seré comprendido entero por nadie que ame mi obra; mi obra es sangre y habilidad, misterio y persecución de vida y de luz errante; pero soy tan superior a ella que me afligen los fuegos que silban en mis voces y en las formas que a veces me espejean. La obra es mi quemante juguete, quizás mi catarsis honda, mi divagar impreciso, mi faena tal vez heroica, mi ilusión mal dada de mí, quizás. Por ahí no debe entrarme la gloria. Es una fina sombra; no quiero que mi vida se ate a ella sino que la mire como a otro dedo de su raíz madre».

Resulta demasiado extraño y hermoso este paseo, y ya casi voy despertando. Me pregunto si un breve instante puede abarcar toda la hondura sensible que hay en la obra de Samuel Feijoo, pero en el mundo de los sueños todo está permitido, y me prometo seguir soñándolo siempre, buscar en su vida, en su poesía, una sustancia invisible, un perfume, una visión que solamente se encuentra en la hora del alba. Al despertar, hallé entre mis manos un manojo de poemas, como el pobre homenaje a esta nostálgica soñadora que, con las piernas agotadas y el pecho sibilante, quiso saltar entre los montes detrás del poeta, como si persiguiera un caballo imaginario.

Santa Clara, 21 de marzo, 2008

BIBLIOGRAFÍA

FEIJOO, SAMUEL, Prosa; sel. y pról. de Cintio Vitier, 356 pp. Ed. Letras Cubanas, 1985, La Habana.

©2008 Mariana Pérez y Museo de Artes Decorativas. Santa Clara. Villa Clara. Cuba. Contactos Museo: Tel. (53) (42) 20 5368

Anterior - Siguiente