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DEBATE

Esta sección se destina al intercambio de ideas acerca de la décima contemporánea. Los poetas, críticos y lectores podrán exponer sus criterios, siempre que la comunicación se establezca respetuosamente.

PRIMERA RESPUESTA

Estimada Mariana: Con mucho gozo y sana envidia descubrí en internet su página «La décima es un árbol». Me imagino lo deliciosas que deben ser esas tertulias en Santa Clara.
Soy profesora en el Departamento de Literatura de la Universidad de Chile, he cultivado la décima, sobre todo escribiendo textos para niños.
Me sentí muy identificada con su «correo de amor a la décima espinela», cuando dice: «tu cuerpo es como una celda sin rejas, una cárcel de aire puro .»
Para mí la décima es un remanso de ritmo, donde encuentro la paz en medio de la disonancia estridente a la que nos arroja la modernidad. Sin embargo, la modernidad no perdona y siempre nos está sitiando, nos exige la transformación y en eso se parece a la vida.
Quisiera estar más al tanto de los elementos que alimentan su reflexión sobre la «Décima espinela en la unidad de cuidados intensivos.»
Ustedes tienen una tradición tan rica... que estoy muy ávida de conocer. Me impresionaron los versos de Caridad González Sánchez y quisiera saber cómo puedo acceder a su obra.
Hasta ahora, solo he trabajado la décima a modo personal, en mis versos. Pero quisiera abordar el tema como investigadora. Por ello tengo mucha ilusión en poder contactarme con usted y establecer un diálogo. Reciba fraternales saludos desde Santiago de Chile,
Ana María Baeza. anhablando@gmail.com

PRIMER MENSAJE

Amigos: para comenzar los debates, les propongo este trabajo mío. Hay mucho de provocación en él, lo hago intencionalmente para que la discusión sea más rica. Los convoco a rebatir o apoyar estos puntos de vista. Finalmente saldrán ganando los estudios en torno a la estrofa ¿de Espinel? Espero sus opiniones.

CORREO DE AMOR A LA DÉCIMA ESPINELA

¿Sabías que cada quien aspira a tocar con sus labios la frente de los maestros? Los poetas escriben y sueñan: encarnar a Homero o a Góngora, reescribir el mito; vivir en el alma y las peripecias malditas de Rimbaud; volar en metáforas, desde un sillón, por la calle Trocadero; vestirse con las plumas negras de «El Cuervo». Los narradores cabalgan por «un lugar de la Mancha», aunque enfrenten a los molinos con misiles; a veces, comienzan, junto a El Papa , arriesgados safaris por las praderas africanas, ascienden al Kilimanjaro, navegan por el Golfo, y terminan borrachos en una taberna de pescadores. Los dramaturgos calzan los coturnos más antiguos, pero Medea, Antígona y los Argonautas continúan vivos y caminan, ahora mismo, por cualquier calle, sólo se necesita ponerlos en escena con las zapatillas y las jergas urbanas del siglo XXI.

¿Sabías que todos estamos en posesión de «La Verdad», y que con el fin de transmitirla a los nuevos lectores estamos sobre la Tierra? Fuimos enviados por las Musas, ellas han confiado en nosotros para que digamos lo que hace falta decir, con las formas y palabras más originales y actualizadas que podamos. ¡Ah, claro! Cumplir su mandato resulta considerablemente difícil; después de tantos milenios de vida y de cultura acumuladas, ¿cómo decir una sola palabra que jamás haya estado en boca de alguien? ¿Y en qué forma colocar las ideas, de manera que su arquitectura nunca pueda ser derribada? Entonces acudimos al absurdo –hace tiempo inventado, por cierto– y empatamos tropos y fantasías como ladrillos. Nadie puede criticarnos (los críticos –especie en extinción– continúan insensibles, no nos entienden; el público lector es indocto, y su gusto estético ha sido escasamente cultivado), nosotros estamos encima, y quien no comprenda, que acuda a las enciclopedias y diccionarios, para eso existen.

¿Y tú? Ya cumpliste cinco siglos y se te notan un poco «desflecados» los bordes, por el manoseo de los guajiros (y de otros). Vicente Espinel –algunos quieren entregarte a Mal Lara– hizo lo que pudo, a fin de cuentas él era «un músico»; por casualidad, «pegó la oreja» a la plebe y descubrió un sonido diferente, el tuyo. Dos de tus hermanas también sobrevivieron, la Copla Real y la Doble Quintilla, pero tú eres genial: puedes decirlo todo en sólo diez versos, octosílabos de rima consonante, divididos en dos redondillas, con pausa en el cuarto verso, y un puente: ¡armonía perfecta! Y por esa perfección, la poesía dramática te hizo una de sus estrofas preferidas; los grandes teatristas de los Siglos de Oro te ofrendaron su energía creadora, y nada menos que El Fénix de los Ingenios te llevó a la pila de bautismo, en honor a su maestro Espinel –qué lección, el gran Lope de Vega reconociéndose discípulo. Más tarde, Don Pedro Calderón de la Barca soñó, en décimas espinelas, que la vida es sueño. Y el sueño cruzó el Océano; tu cadencia era parecida al ritmo marinero del amanecer; o quizás no, porque, a la hora de las tempestades, sabías copiar la armonía destemplada de los rayos.

Los viajeros, acostados sobre la tierra del Nuevo Mundo, escucharon su polifonía, era semejante a la tuya; miraron hacia arriba y en la copa de los árboles gigantes descubrieron que también sabías cantar como el viento; por las noches, la fauna tenía un zumbido semejante a las notas de la vihuela y de la guitarra; los ríos rozaban las piedras con música de octosílabos y consonantes. Y de año en año, de siglo en siglo, arrullaste cunas, lloraste amores, meciste, en acordes futuros, las hamacas de campamentos guerreros, restañaste heridas, consolaste miserias; pero también echaste a correr bajo una pluma citadina, y fuiste letra impresa. Hermosa historia, sin dudas.

Un día, ciertos poetas cultos comenzaron a repudiar tu música. Era necesario hacer añicos la tradición, innovar, implantar en la moda una disonancia ríspida, porque estaba llegando «el milenio». Los poetas cultos habían olvidado –desde lo más íntimo de sus genes– que en el comienzo todo fue oscuro, imperaba el caos y el sonido no era «este sonido»; en los comienzos, la poesía tuvo una música, pero esos poetas –cultos– de ahora creyeron que estaban inventándola, porque la memoria no fue capaz de retener aquellos aires iniciáticos. Y se dieron a la mudanza: estructura, rimas, medida versal, acentos y pausas. Había que entrar en la modernidad. ¿Y el léxico, y la sintaxis? –se dijeron– si no es posible romper la lengua de Cervantes, ni parar su evolución lógica, renovaremos el galimatías (alguien les había enseñado que cuanto más se diferencien los términos de la comparación en la metáfora, ésta será más visionaria y funcional; lo que, tal vez, no sabían era que un «viejo» llamado Aristóteles había propuesto eso mismo, y que en la lengua cervantina existe el vocablo «disparate»).

¡Ah!, Décima Espinela (escrita), cómo te maltratan algunos, cómo abusan de tu inocencia, cuánto repudian tu forma clásica, tan elegante y musical, en nombre de la «modernidad» y de la «postmodernidad». Hay libros que te son vedados, te impiden entrar a sus feudos de alta cultura, dicen que eres demasiado ingenua y te apalean para dislocar tu esqueleto, te hacen gritar. ¿Cómo no vas a dar gritos, si te duelen las pausas, y los acentos –antes armónicos– han sido cambiados de sitio? ¿Cómo vas a desplegar la transparencia de tu melodía, si a cada garrotazo te cubren de asonantes morados? Pero no debes deprimirte, todavía se siente la afinación de Espinel, aunque sea en la oralidad, y siguen acompañándote amigos que nunca te abandonaron: la guitarra, el tres, el laúd, el cuatro.

Querida Espinela (escrita): tu salud peligra, respiras artificialmente en áreas de cuidados intensivos, pero nos conforta la certidumbre de saber que vas a volver. Esos poetas, aunque ahora sigan, exageradamente, a la moda, no son tontos; sus libros han comenzado a empolvarse y, tarde o temprano, comprenderán que los buenos lectores nunca perdonan el abuso. Tu osamenta ha permanecido casi inviolable a lo largo de quinientos años, continúa firme, no dejes que te manipulen el ritmo; no te pareces al verso libre, y menos a la prosa, tu cuerpo es como una celda sin rejas, una cárcel de aire puro .

En el principio todo fue caos, pero ese que jamás se equivoca modeló el canto y coció tu fortaleza en el horno de los tiempos. Hoy, cierta minoría, en nombre de una incomprensible renovación, quiere hacerte penetrar en su laberinto. «Déjalos que ladren, Sancho…» –también Quijote fue tu padre–, con oído fino siempre puede soñarse una canción de voz octosilábica.

Tuya y con respeto,

M. E.

P.D.: Y en Santa Clara, a los dos días del mes de julio de dos mil diez, te informo que en este punto central de la Isla, con las mesuras y las impericias en equilibrio, los poetas seguiremos vigilando tus signos vitales, hasta que regreses del coma.

©2008 Mariana Pérez y Museo de Artes Decorativas. Santa Clara. Villa Clara. Cuba. Contactos Museo: Tel. (53) (42) 20 5368

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